El niño que pintaba montañas

18 de junio, 2020 - Escritos de montaña - Comentar -

Le presento a continuación mi cuento que fue ganador del I Concurso de "Escritura de Montaña 2020" organizado por Freeman Outdoors (México) y Tras las Huellas de Whymper (Ecuador) del Galardón:

"Ganador por el voto del público" 



El niño que pintaba montañas

Por: Adrián Soria


Cuentan que, en la ciudad de Ambato, allá por la segunda mitad del siglo XIX, nació un niño que desde muy pequeño amaba dos cosas: estar en la naturaleza y realizar garabatos en papeles. Conforme crecía y exploraba más los alrededores de su casa, aventurándose cada vez más por el río, jugando entre sus islotes, trepando pequeñas colinas cerca de casa, esos garabatos pasaron a ser dibujos del río, de los árboles y de las montañas que recorría. Disfrutaba oír por las noches, a la luz de la fogata, los viajes por las montañas de sus hermanos mayores. Se quedaba oyendo por horas sobre sus peripecias entre los volcanes. Estas narraciones lo dejaban soñando con las altas montañas desconocidas aún para él, las cuales soñaba escalar y dibujar. 

En su juventud, fue enviado a la ciudad de Quito a continuar sus estudios en un colegio religioso, pero su espíritu rebelde y aventurero lo llevaba por las tardes a las altas lomas de Quito. Desde ahí podía apreciar las altas cumbres de esas montañas soñadas las cuales dibujaba con gran pasión. Sus padres alimentaron esta pasión por el dibujo y las montañas, inscribiéndole en un curso de pintura dictado por maestro del paisajismo ecuatoriano Rafael Salas. El joven pasó casi tres años aprendiendo los fundamentos de la pintura de paisajes. Durante las clases, Salas notó algo diferente en él, un don que parecía traer desde la cuna, los paisajes que salían de las manos de este joven eran únicos. 




Con lo aprendido, regresó a Ambato, y no se dedicó a otra cosa que no fuera explorar las montañas y páramos. Por las tardes, tomaba su fiel caballo y se iba a recorrer las montañas más lejanas que rodeaban la ciudad, siendo el Casahuala uno de sus preferidos. Con cada día que practicaba, sus pinturas eran como magia, capturaban algo que nadie podía explicar, en sus cuadros se veían pintados no sólo las rocas, los pajonales y la luz, sino que también en su lienzo se veía pintada el alma de la montaña.
 
En uno de sus viajes a caballo, llegó una vez por Mocha al pie del Carihuairazo, gigante de hielo para esa época. Él, no contento con esto, empezó a escalarlo con una fuerza de carácter inigualable, llegando un par de horas más tarde a uno de los picachos en la cumbre del nevado que le permitieron observar un espectáculo sublime, una montaña que tenía el aspecto de una gigante hielera casi infinita que dejó perplejo al hábil andinista. Entonces, el azul infinito de los glaciares se incorporó a su paleta de colores y su obra. 

Otro de sus grandes viajes lo llevó en solitario a escalar la majestuosa Mama Tungurahua, su sueño desde niño. El ascenso duró dos días saliendo desde Baños. Nuestro aventurero ascendió por los bosques nublados que cubrían el primer tramo de la gran montaña y pasó la noche en un campamento improvisado justo donde termina el bosque. En su segundo día, la neblina le acompañó durante gran parte del ascenso, y ahí estaba él esquivando grietas y abismos con una vitalidad insuperable, llevando en su morral sus inseparables compañeros: el lienzo y su pincel. Ya al atardecer la montaña tenía una gran sorpresa de luz para el joven, quien a punto de llegar a su cumbre pudo ver el atardecer más magnifico del mundo; el cielo parecía estar en llamas, mientras frente a él se abría un abismo inmenso, era el cráter del volcán. Al ver todo esto cayó de rodillas extasiado y sin aliento de tanto esplendor. Luego sacó sus instrumentos y con mucha destreza realizó hábiles trazos para poderse llevar en el lienzo una muestra de la belleza que le rodeaba en ese instante. 

 

Durante el resto de su vida escaló los más bellos y agrestes parajes altoandinos. Mientras lo hacía logro comprender cómo cruza la luz entre los glaciares y pajonales, y se dejó llevar por la danza de la neblina que asciende por las laderas.  Entre montañas transcurrieron sus días y con el tiempo la gente empezó a conocer a este hombre como el pintor de soledades, pero lo que no sabían es que él, allá arriba, jamás estuvo solo, sus más fieles compañeros fueron los gigantes de hielo, los árboles torcidos por el viento, y los pajonales que silbaban las más bellas canciones. Cada uno de los elementos de la naturaleza, le acompañaron y enseñaron los secretos más grandes de los Andes que jamás pudo haber aprendido en una universidad. 

Las montañas siempre fueron la cura a todos sus males. En los peores momentos de su vida, cuando la sociedad le fallaba, cuando murió su esposa, siempre halló consuelo y esperanza entre las altas cumbres, ahí estaba el aire puro que llenaba sus pulmones y la luz que encantaba mágicamente sus manos. Durante esos difíciles momentos salieron sus mejores pinturas. 

Apenas al cumplir 40 años cayó gravemente enfermo. Día a día la vida empezó a abandonar su cuerpo, pero con su mente recorrió hasta el final cada una de las montañas que ascendió, dibujó y amó durante su vida. Porque convertir su pasión de niño de explorar y garabatear montañas, lo llevaron a convertirse en el gran andinista y pintor de los Andes ecuatorianos, ese niño que nació a mediados del siglo XIX  llevaba el nombre de Luis A. Martínez.


Medellín, 16 de junio del 2020.

Durante la pandemia.

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